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Técnica y Ciencia
La Volcana que Atrapa
Elisa Lipkau Henríquez
“Al risco asidos,
por la cuerda unidos,
el paso leve,
cerca percibimos,
de la muerte,
la ruda camarada”.
Arnold Lun
El escurridizo humo de tabaco se cuela entre sus
heladas sábanas con el primer rayo del amanecer. Al
percibir el tan familiar aroma que cobija
silenciosamente al puñado de jóvenes sentados sobre
sus pies, sabe que “esos chicos no son de aquí”, que
han venido de otra tierra, y sin embargo, los ha
visto crecer entre sus caderas nevadas y ahora la
despiertan con su humo y sus historias día con día.
Mientras la mujer se despabila, los jóvenes observan
al perenne centinela de piedra, erguido frente a
ellos, que conocen tan bien: ¨El Fraile¨ se deja ver
por un instante, para luego desaparecer entre las
nubes, que en unísona formación emulan los
movimientos sinuosos del humo hasta cubrirlo todo.
El humo, danzante, se esparce sobre los jóvenes
formando un vínculo entre ellos, tan imperceptible
como sus propios espíritus, que se reunen
diariamente al amanecer sobre la ¨Mujer Dormida¨.
Mi padre, Fernando Lipkau
Echeverría vivió en México como exiliado español
entre 1943 y 1995. Su espíritu descansa hoy sobre la
¨Mujer Blanca¨.
Y tal como mi padre, también Hans Guttman, conocido
en México como Juan Guzmán, uno de los mejores
fotógrafos del siglo XX, eligió voluntariamente
descansar en el Iztacíhuatl. Igual que ellos,
muchos otros españoles refugiados en México por la
Guerra Civil durante los años 40 decidieron que, al
morir, sus cenizas fueran esparcidas en los
volcanes. Y fue uno de ellos, el doctor Augusto
Fernández Guardiola, quien durante una tarde de
paella en el jardín de su casa de Cuernavaca, llegó
a la conclusión de que todos los amigos del exilio
habían de descansar ahí en la ¨Mujer Dormida¨ o
bien, como también la llamaban: ¨La Volcana¨.
Por alguna razón o por
muchas, tanto ¨la Volcana¨ como el volcán
Popocatépetl, la montaña que humea,
fueron los sitios más significativos para la
comunidad del exilio español en México entre la
década de 1940 y 1950. El montañismo fue para
ellos mucho más que un ¨deporte¨ como se piensa
hoy. Era una actividad que los vinculaba, en
tanto comunidad, a una serie de valores
culturales, sociales y políticos comunes, y que,
por tanto, les daba la posibilidad de compartir
emociones y vivencias que los remitían de nuevo
a su tierra de la que habían partido, muchos de
ellos, casi niños, para vivir desgarrados en una
tierra nueva y desconocida. Subir a la montaña
les daba la posibilidad de arraigarse
voluntariamente a un nuevo locus vivendi.
¨Les permitía encontrar un sentimiento de
pertenencia para paliar la nostalgia de esa
tierra que habían dejado atrás”.
Subir a la montaña era mucho más que una
aventura novelesca y una prueba de voluntad
contra las propias limitaciones, era una forma
de demostrar la unión y la fuerza de los
españoles refugiados como comunidad política,
frente a la animadversión de algunos mexicanos
que los despreciaban por obvias razones del
pasado colonial y los llamaban ¨gachupines¨.
Para los refugiados resultaba insultante ese
apodo debido a que los valores republicanos como
la libertad, el comunitarismo, la verdadera
camaradería, entre otros, los diferenciaban por
completo, desde su perspectiva, de los ¨otros¨
inmigrantes españoles, que por razones
económicas habían llegado a estas tierras a
¨hacer la América¨ y a quienes los propios
refugiados republicanos identificaban como
¨gachupines¨.
Los republicanos vivieron
siempre en la contradicción, principalmente en
la montaña, de buscar por un lado identificarse
con México y pasar inadvertidos entre los
nacionales, pero, al mismo tiempo, diferenciarse
tanto de los mexicanos, como de aquellos
españoles inmigrados por razones económicas.
De hecho, la idea misma de la excursión al campo
como una actividad formativa es una idea muy
española, de las escuelas que crearon los
refugiados republicanos en México. El montañismo
era pues una forma de unirse o vincularse entre
sí, a través de las tradiciones aprendidas en su
tierra de origen. Caminar por la montaña era
para los refugiados una manera de estar en la
naturaleza y al mismo tiempo, de estar todos
juntos, literalmente ¨amarrados¨ o ¨encordados¨
unos a otros para subir hasta lo más alto.
En este sentido, a pesar de que los
republicanos no llegaron a México como
conquistadores sino como refugiados políticos,
su espíritu de osadía me recuerda la proeza de
los soldados de Hernán Cortés, quienes escalaron
casi hasta la cumbre del Popocatépetl para
descubrir la causa del humo que emitía, y más
simbólicamente, para demostrar a los indígenas
que el cerro que humeaba no era un dios, ni un
demonio, sino un volcán activo y sulfuroso.
Me he permitido
extenderme en la cita porque demuestra el
alto grado de dificultad que implica el
ascenso de estos volcanes. Por otro lado,
como antecedente histórico, es interesante
recordar que en el pasado prehispánico la
Sierra Nevada, que incluía ambos volcanes,
era sitio de peregrinación y hasta la cima
parecen haber llegado fieles y sacerdotes
para colocar ofrendas al dios de las aguas y
la agricultura: Tlaloc. ¨El culto en las
cumbres estaba destinado a propiciar la
lluvia, aunque no era el único motivo por el
que ascendían litúrgicamente¨.
Se creía que los cerros, montañas y volcanes
eran especie de vasijas llenas de agua. De
ahí salían, no solo las aguas de los ríos y
las nubes, sino también las fuentes
simbólicas de la fertilidad terrestre: todo
era obra de los Tlaloques o señores
de la lluvia que habitaban las montañas y
sus oquedades. ¨El templo mismo (sobre una
pirámide) era considerado como un cerro
sagrado que cubrían las aguas subterráneas
manifiestas a través de los manantiales y
cuerpos de agua de las cuevas¨.
Estas últimas no eran otra cosa sino la
puerta
de acceso al inframundo, o el reino de los
dioses y los espíritus de los antepasados,
por las cuales los españoles refugiados en
México en el siglo XX transitaban, tal vez
sin imaginarlo.
En los años 40 los refugiados republicanos
no subían a los volcanes para dejar
ofrendas, pero colocaban placas
conmemorativas, banderas o construían
albergues. No había en ellos, ¨ateos,
gracias a Dios¨, una duda religiosa o una
búsqueda mística en la montaña, más que el
misticismo de llegar a lo más alto, bien
cerca del cielo. Puesto que la Iglesia
católica se había aliado al régimen
franquista, los refugiados españoles y los
republicanos en general, de ideas marxistas,
vieron siempre a la religión como el ¨opio
del pueblo¨. No creían en dioses dentro ni
fuera de la montaña, sino sólo probablemente
dentro de ellos mismos.
Creo que esta manera de pensar, esta
“ideología nihilista” pudo ser lo que llevó
a algunos de ellos a sufrir mucho la hora de
su muerte, al aferrarse con desesperación a
una vida, a veces ya insoportable, por el
terror que les provocaba la idea del ¨más
allᨠcomo la ¨nada¨. En ese difícil
tránsito no habrían clavijas, ni piolets,
ni spikes que los ayudaran a asirse
del vacío y por ello, a mi padre y a tantos
otros amigos suyos, les fue tan duro
“desprenderse” de su vida en la tierra. Tal
vez justamente por ello, decidieron que sus
cuerpos fueran cremados y sus cenizas
esparcidas en la montaña, para nunca tener
que despedirse de ella.
A tantos españoles refugiados el montañismo
los unió en vida y los une todavía en el más
allá.
Para ellos, subir a la montaña era tal vez
incluso una forma de regresar, aunque fuera
con la fuerza de la imaginación, al
continente europeo con sus fríos y sus
nieves, tan ajenos a estas tierras de la
Cuenca de México, o incluso a la guerra de
España, ya que algunos, como Augusto
Fernández, cargaban en la montaña con las
mochilas que les otorgó el ejército
republicano en el frente. Caminar y ascender
a grandes alturas, no solo eran actos de
voluntad y camaradería, sino de trabajo en
equipo y concentración total en ciertas
partes críticas, pero también, de relajado
esparcimiento en otras; tiempo para fumar
uno que otro cigarrillo en compañía de los
amigos.
Ambos, el montañismo y el tabaco fueron en
aquella época, sin duda, también ¨modas¨ y
actividades o hábitos sumamente estéticos
que Juan Guzmán supo retratar de forma
magistral. Tal vez la fotografía sea más
útil para ello que el cine; dado el carácter
muchas veces largo y pesado de las caminatas
y los momentos explosivos y sumamente breves
de riesgosa ¨aventura¨, como las bajadas a
¨rapel¨ y los saltos sobre acantilados de
hielo que podían durar apenas unos segundos;
tal como el momento preciso de encender un
cigarrillo al llegar a la cumbre.
Todo ello, hacía
del montañismo una actividad ideal para
fotografíarse, más que para contarse con
imágenes en movimiento. La realización
de una película sobre esta actividad
entre la comunidad de exiliados
españoles en México es sin duda un gran
reto narrativo, pero las imágenes de
Juan Guzmán, si no llegan a contarnos
¨toda la historia¨ del romance de los
refugiados con ¨La Volcana¨, sí nos
transmiten la emoción y belleza
entrañable de aquellas aventuras de
jóvenes que no buscaban, en principio,
nada más que ¨pasársela bien¨ todos
juntos, pero que tal vez pudieron
encontrar en aquella experiencia una
forma de re-estructurar su identidad en
el exilio.
Hans Guttman, más conocido como Juan
Guzmán tenía veintiocho años cuando
llegó a México en 1939. De acuerdo con
el testimonio de su esposa, Teresa
Miranda, había nacido en Colonia,
Alemania en 1911.
El oficio de fotógrafo debió adoptarlo
desde muy joven, pues a los 20 años
estaba ya en Berlín desarrollando su
trabajo como reportero gráfico. Al dejar
Alemania a principios de los años 30,
por su disconformidad con el régimen
nazi, viajó por Europa, Italia, Grecia,
hasta llegar en barco a Barcelona en
1936, para entrar en el ejército
republicano; como tantos otros
extranjeros que apoyaron la lucha del
pueblo español contra el fascismo. Es
ahí donde al recibir sus papeles
españoles con el grado de teniente que
le otorgaba el gobierno de la República,
obtendría su nombre castellanizado: Juan
Guzmán. Tres años después, en 1939, con
la victoria franquista, sería apresado
por los franceses en su huída de España
y recluido, como tantos otros, en un
campo de concentración, de donde
escaparía para salir en barco hacia
Nueva York y de ahí a México viajaría en
un tren, vigilado por agentes
norteamericanos de migración, por no
tener una visa con la cual transitar
legalmente por su país. Cualquier
similitud con la realidad actual es mera
coincidencia.
Juan llegó a México ese año de 1939 y
probablemente, mi padre llegaría unos
cuatro años después, siendo en 1943
mucho más joven.
Cuando la montaña los unió a través de
la fotografía, mi padre tendría apenas
18 años y unos cuantos después, él mismo
se convertiría en fotógrafo, tal vez
inspirado incluso por quien fue uno de
sus más queridos amigos y autor de las
imágenes aquí expuestas: Juan Guzmán,
quien retrató a la comunidad española en
el exilio en muchísimos contextos, pero
sobre todo, en la montaña.
El conjunto de
fotografías que acompaña este texto es
una selección totalmente personal. Son
las copias que Juan imprimió para mi
padre y por lo tanto, una cosa las une:
la figura de “La araña Lipkau”, como le
llamaban cariñosamente a papá sus amigos
españoles y no españoles, por su
habilidad para escalar y su audacia para
saltar entre las grietas de los
glaciares, pero sobre todo “porque se
adhería a la roca como las arañas”.
Por esta razón, el presente texto no
pretende analizar dichas imágenes, sino
tan solo utilizarlas como detonadoras de
la memoria para revivir algunos momentos
de aquella época.
Junto con Augusto Fernández, ya
mencionado, muchos otros españoles
subían con Lipkau y Juan Guzmán a la
montaña, como Joaquina Rodríguez, Neus
Espresate, Jimmy Padworth, José Luis
Lorenzo, Manolo Martínez ¨El ronco¨,
Juan Laguarda, José (Pepín) Carbó y un
joven que todos adoraban y murió
trágicamente llamado Orfeo Manzanares,
así como tantos otros nombres que no
vienen a mi mente, porque yo era muy
pequeña cuando papá contaba aquellas
historias. De todos ellos, muchos aún
viven y suben a la montaña. Otros sólo
la recuerdan. Unas, como Teresa Miranda,
incluso llegaron a sufrirla; tal vez las
mujeres siempre la pasaron un poco más
ruda que los hombres en aquellos fríos,
sobre todo al construir el albergue de
las Espinillas en el Iztacíhuatl,
también conocido como el “República de
Chile”.
La construcción de dicho albergue
demuestra ante todo el profundo espíritu
de camaradería de los refugiados
republicanos en México, quienes siempre
se preocuparon por dejar algo para las
generaciones venideras.
El montañismo fue tan popular en aquella
época que existía toda una afiliación
política e ideológica representada en
los distintos clubes de alta montaña. Mi
padre y Lenin Zabre fueron miembros de
la peña Eugenio Mesón, de carácter
comunista, en los años cincuenta. Aunque
de acuerdo con Lenin, Fernando parece
haber sido muy reservado en sus
opiniones políticas, una cosa la tenía
bien clara: odiaba a los franquistas y
por ello siempre compitió con los
famosos ¨hermanos Costa¨, quienes además
de montañistas eran miembros del Club
España y por lo tanto, leales al régimen
de Franco. Cuenta Lenin Zabre:
“Tu papá decía que
él quería irse a Moscú con los de la
peña Eugenio Mesón, quienes iban a ir
para representar a México en los Juegos
de las Juventudes Comunistas con su
ensamble coral. Entonces me dijo: ¨mira
Lenin, nos vamos a Rusia con estos
(sic) y ya estando en Moscú, nos les
escapamos y nos vamos al Pico Lenin¨. Y
yo le dije ¨¿Por qué al Pico Lenin?¨-
¨Porque yo quiero estar a más de 7035
metros de altura y a menos de 28º C bajo
cero¨.-Porque había sido la gran hazaña
de Luís Costa que había ido al Aconcagua
y que [éste] tenía 7035 mtrs de altura
y que había soportado temperaturas de
28º bajo cero, entonces decía Fernando:
-¨¡Yo quiero estar más arriba y a menos
temperatura!¨- Estaba rabioso con los
Costa, pero no decía que porque eran
franquistas ni nada de eso, nada, nada:
tu papá era hermético para todo eso”.
Supongo que al llegar a la cima, después
de un muy arduo y pesado camino,
labrando los escalones en el hielo, o
cargando madera y materiales para
construir un albergue, lo único que
debía quedarles adentro tras aquel
tremendo esfuerzo, era el inmenso
silencio. Aquel inabarcable silencio,
que como el
paisaje, los veía impávidos desde las
alturas, unidos por una cuerda, por la
voluntad y la paciencia, pero también
por los innumerables cigarros que
fumaron en aquellas aventuras y cuyas
cenizas, quedaron, como las suyas,
esparcidas sobre el Iztacíhuatl.
De nuevo, me remito al relato de Lenin
Zabre:
“Llegamos al final
y era tan emotiva la subida, que ya no
lo volvimos a platicar pero, sobre todo
en mi caso, yo tenía muchos años soñando
esa escalada, habíamos alimentado tantos
deseos en una ruta virgen, que no fuera
un camino trillado, que cuando supimos
que estábamos arriba ya no dijimos nada,
nos quedamos callados. Si alguna vez
pensé en algún discurso de llegar a la
cumbre, para nada, se borró de la mente;
habíamos llegado y era todo. Creo que
eso es lo que sucede en esos casos.
Concretamente, hacía tres años los
ingleses habían hecho el Everest y no
conocía yo ningún registro de un
discurso de Hillary en el momento de
llegar a la cumbre. Se queda uno
callado. El primer síntoma es de
sorpresa, sorpresa con uno mismo, de
haber hecho algo que sí deseaba uno
hacer pero no creía uno poder hacer y
eso te absorbe.”
Y tal como el silencio y la sorpresa los
absorbía, ellos al llegar a la cumbre,
absorbían el humo del tabaco. No todos
fumaban, pero sí la mayoría. En aquella
época no se pensaba que el cigarro fuera
tan nocivo para la salud. Se sabía, pero
no se pensaba en ello.
“En aquel
entonces el cigarro era para nosotros
una recompensa por la hazaña lograda. En
el descanso de la cumbre, el humo era el
símbolo de unión. Ya no había necesidad
de cuerdas para estar enlazados,
habíamos llegado y lo que nos integraba
a todos era ese humo compartido, tal
como la emoción de haber logrado nuestra
meta. El silencio era parte de ese
premio al llegar a la cima. Era
significativo porque había una emoción
tal que se hubiese diluido con las
palabras. Era una emoción tan plena, que
nada se podía decir mejor que el
silencio. Cualquier palabra hubiese
resultado banal y sin sentido. El
silencio y el humo eran lo importante,
pues todos estábamos disfrutando el
haber llegado. Sin embargo, lo
verdaderamente importante no era llegar,
sino el descubrimiento de la ruta, la
vegetación y seguir con admiración al
guía que era tu padre […] Me acuerdo
tanto cuando llegamos a la cima del Popo
en una de esas excursiones con mi prima
Dusita. En las fotos tenemos unas caras
de tremendo agotamiento, pero ese
agotamiento refleja a la vez aquella
plenitud de la llegada”.
En lo alto de la cima el humo del
cigarro los unía pues en un silencio
significativo, un silencio compartido y
experimentado en común, tal como el
agotamiento físico, que les permitía
disfrutar aquel hermoso paisaje
plenamente y al mismo tiempo, regresar a
través de él a la tierra de la que
habían partido, aunque fuera por unos
instantes. La montaña es una de esas
experiencias que fortalecen
internamente. Pero si el cigarro unió a
muchos de ellos en su muerte, pues
varios debieron sus decesos al
tabaquismo, también sin quererlo, el
cigarro los unió en la vida y más allá
de ella, en la montaña.
Me parece imposible creer que en el
silencio de la cumbre o perdidos en
aquellas misteriosas cuevas y grietas
del ¨Popo¨, no existiese en ellos algún
misticismo, alguna idea trascendente que
los impulsara hasta tales alturas. Es
posible, que a pesar de que ellos no lo
supiesen, aquel humo que inhalaban fuese
más que la combustión del tabaco. ¿Acaso
no era el mismo humo con el que
incensaban a los tlaloques en las
cuevas hace cientos de años, en esas
mismas cuevas que ellos visitaban? Creo
que a pesar de sus ideas marxistas, a
pesar de su confesado ateísmo, sí
existía entre los refugiados españoles
un misticismo de la montaña, una
ritualidad profunda en aquellas
aventuras, puesto que profesaban una
intensa fe y, hasta podría decir
religiosidad del montañismo, que los
impulsaba a realizar semejantes
ascensos, con un equipo ahora
considerado totalmente rudimentario y
muchas veces con sus novias o esposas.
Deseo pensar que al llegar a la cima,
tal vez sin darse cuenta, sacralizaban
aquellos momentos de plenitud a través
del humo del tabaco, tal como los
peregrinos prehispánicos y, en la
actualidad, los campesinos y
¨trabajadores del temporal¨, también
conocidos como ¨graniceros¨,
¨sacralizan¨ en sus ceremonias el
espacio y el tiempo ritual a través del
humo del tabaco y del incienso que
ofrecen a los tlaloques, los
señores de las aguas y la lluvia.
Son ellos, los graniceros y los
tlaloques, quienes, acaso sin
saberlo, se conectan hoy a través del
tiempo y y del humo con el espíritu de
tantos jóvenes españoles que aún se
encuentra vigilante sobre los volcanes
nevados. A su vez, la formación rocosa
bien conocida por los montañistas como
¨El Fraile¨, en el Iztacíhuatl, frente
al cual varios de ellos quisieron que
sus cenizas fueran esparcidas, los
vigila hoy como eterno centinela.
Así como los hombres de Hernán Cortés
que no pudieron llegar al cráter del
Popo en su primera expedición, para
averiguar el origen de sus columnas de
humo, tampoco yo puedo saber con certeza
si el humo de aquellos cigarrillos de
los amigos de mi padre era el mismo
aliento sagrado de los dioses en las
cuevas y montes que escalaban, o el
incienso de los fieles y peregrinos
indígenas. Pero creo que ese humo para
los refugiados españoles sin duda
llenaba un vacío: un vacío que les dejó
a toda esa generación del exilio el
haber perdido su tierra, pero sobre
todo, el haber ganado otra que por
momentos les era ajena, a pesar de ser
tan hermosa y blanca, como el cabello de
mi viejo.
Mientras la
noche va cubriéndolo todo, ¨La
Volcana¨ se viste con su blanco
camisón de dormir. Al meterse entre
las sábanas, de nuevo percibe
malhumorada el persistente olor del
humo de tabaco de esos jóvenes
españoles que aún conversan
animados, mientras las nubes en
rápida formación, imitando los
movimientos sinuosos del humo, lo
cubren todo. Al final, sólo queda un
pequeño orificio entre ellas, a
través del cual, los jóvenes
montañistas se despiden cada día de
su guardián y centinela: la figura
siempre erguida e imponente del
¨Fraile¨ vigila sus sueños de
eternidad. Por fin, las nubes lo
cubren todo haciendo desaparecer al
guardián y entonces, uno de los
jóvenes españoles enciende otro
cigarrillo.
A Fernando Lipkau Echeverría, Juan
Guzmán, Augusto Fernández Guardiola,
Jimmy Padworth, José Luis Lorenzo y
José (Pepín) Carbó: in memóriam
Elisa Lipkau
Henríquez
NOTAS
Tomado
de: Lenin Zabre Ramírez, Ascensiones
en Alta Montaña, México, 2000,
inédito.
Iztacíhuatl:
de iztac: adj. Blanco, blanca y
ciuatl o cihuatl: s. Mujer, hembra
en general. (Siméon, 1977: p.235,
113)
Testimonio
de Lenin Zabre Ramírez, México:
(Mazatlán, Sinaloa, 1931). Lenin no
era español pero fue uno de los
mejores montañistas de la época,
quien junto con Fernando Lipkau,
escaló la ruta Directa al Pecho del
Iztacíhuatl labrando escalón por
escalón en el hielo, a través de una
pared vertical de más de 60 metros
de altura, sin ninguna protección,
en 1956. Fernando Lipkau registró
fotográficamente la legendaria
subida, que ningún otro alpinista
logró realizar de esta forma, debido
a la posterior licuefacción de los
glaciares en el Iztacíhuatl.
(Ibid: 392)
Joaquina Rodríguez, Comunicación
personal, México DF, 21-08-08
(Hernán
Cortés Segunda Carta de Relación,
Colección Austral #547, Espasa-Calpe
Mexicana S.A., Decimotercera
Edición, México, 1990, Página 52.).
Como saben los residentes en
regiones de clima frío, los
carámbanos se forman cuando la
fusión de la nieve empieza a gotear
hacia abajo de una superficie como
el borde de un tejado. Para que
crezca un carámbano, debe haber una
lámina constante de agua fluyendo
sobre él.
Montero García, Ismael Arturo, Atlas
Arqueológico de la Alta Montaña
Mexicana, Secretaria del Medio
Ambiente, México, 2002, p. 24
Ibid,
p.27
De acuerdo con Lenin Zabre, no se
puede hablar de ¨alpinismo¨ en
México sino tan sólo de ¨montañismo¨.
Comunicación personal: México DF,
12-07-05.
Comunicación telefónica, México DF a
4 de agosto de 2008
Fernando Lipkau nace en Barcelona el
18 de agosto de 1925.
Joaquina Rodríguez, Comunicación
personal, México, 21 de agosto de
2008
El albergue fue construído en 1951
por el llamado Grupo de los 100.
Comunicación personal: 10/07/08 ,
México DF
Ibidem
Comunicación
personal, México, 21 de agosto de
2008
Los “graniceros” o “trabajadores del
teporal” son aquellos especialistas
indígenas que trabajan con las
lluvias, las heladas, los truenos y
en general, todas las
manifestaciones de los Tlaloques, a
quienes llevan ofrendas en las
cuevas y refugios rocosos. Para más
información ver: Beatriz Albores y
Johanna Broda (coordinadoras),
Graniceros, Cosmovisión y
meteorología indígenas de
Mesoamérica, El Colegio Mexiquense,
UNAM, Primera Reimpresión, 2003, 563
pgs.
Licenciada en Historia por la UNAM,
Maestra en Antropología Visual por
la Universidad de Londres, Docente
de la Escuela Nacional de
Antropología e Historia ENAH donde
imparte el Taller de Análisis y
Producción de Cine Etnográfico desde
2006
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