En uno de los libros del
poeta francés André Velter viene la fotografía
de un chamán tibetano. “La tomó mi esposa
Marie-José Lamothe; el chamán es amigo nuestro.
Por lo regular, ella y yo viajamos juntos al
Tibet. Marie-José habla muy bien el tibetano y
me apoya en las conversaciones; yo apenas lo
entiendo”. Leí –le dije-- que habías subido a
cinco mil cien metros al Himalaya. “De cuando se
publicó el librito al que te refieres a este día
son ya cinco mil seiscientos metros; pretendo
alcanzar los seis mil –como esta plática se la
grabé hace unos tres años, supongo que ya habrá
alcanzado su meta--. En esa altura necesitas
equipo de alpinismo profesional; es más
complicado. Ha habido chamanes que han
sobrepasado esa altura. La experiencia, en la
cúspide de la montaña, ante aquel espacio
abierto, la percepción es otra cosa”.
Al referirme a los lugares
donde nació y creció, hace la broma: “Nadie es
perfecto: tuve que aparecer en algún sitio”. Le
comento que su signo del zodiaco es de aire.
André recuerda que Marie-José, su mujer, le ha
dicho que él tiene el aire (“por eso eres
distraído, desordenado, medio irresponsable”),
pero que ella es de tierra; así, entre ambos
crean un mundo. Dice que antes del ascenso a las
gigantescas alturas, en la parte de hasta abajo,
te encuentras una población donde una buena
cantidad de brujos, chamanes, adivinos,
hechiceros o magos, te ofrecen sus servicios;
muchos de ellos son de pobre calidad y, a veces,
es difícil encontrar un buen chamán. Rodean a
los extranjeros, los importunan, lo mismo que
los vendedores de artesanías y hasta baratijas.
Lo mismo hay guías que te llevan en burro que en
caballos, algunos famélicos. Es difícil abrirse
paso entre turistas y pobladores
“Yo, por lo regular, voy
en mi caballo, pertrechado, ascendiendo a unos
cinco mil cuatrocientos metros de altitud. A
veces, el camino, que asciende por la orilla del
precipicio, se hace delgado y hay que manejar
con habilidad y fortaleza a la montura. El
caballo sacude el cuello, fulmina por la nariz y
dirige un ojo irritado a su amo. Tan mala la
cabalgadura que no llega a la cima como el
jinete que se apea en el descenso; un pacto de
honor en las caravanas. Los precipicios resuenan
con el choque de los cascos; el camino se torna
en jirones azules y tierra sacudida. El caballo
se encabrita contra el cielo. Yo sentía, en
medida que ascendía más, la embriaguez en cada
uno de mis huesos’.
“Detengo mi
cabalgadura; desmonto, bebo del cántaro. Me
siento contra el muro de piedra de la cima; me
acomodo el ala del sombrero y miro la
inmensidad. Recuerdo que no en vano Marco Polo
conquistó estas alturas, según indica en su
libro de Las Maravillas. Empieza el momento más
intenso de un sol vertical, violento. Su luz es
directa, definitiva. La fusión de luz y paisaje
hacen un gran fresco de transparencia. Como un
rayo de luz suspendido, el sendero se eleva
vertical. Abajo, en un horizonte casi curvo, se
desliza el gran desierto. Sobre esa atmósfera
clara, inquieta sólo por el viento, aparecen
líneas, escenas, personajes, historias. Muchos
creen que son alucinaciones, pero son ya la
manifestación de la montaña sagrada, que en sus
alturas bajas, de tres mil a cinco mil metros de
altura, se manifiestan los mensajes divinos
benéficos. Y todo ello se inmoviliza o danza y
raramente se pierde. Uno puede llevarse en la
memoria una gran cantidad de historias e
imágenes del aire. Así, la anécdota del ermitaño
que vivía en un pozo sin fin visible, suspendido
de una escalera de bambú, cuyos escalones se
desmoronaban cuando el hombre subía”.
“Estoy envuelto
en un calor intenso que se transforma en dolor.
Allí mismo la experiencia es un canto bajo el
sol seco. Un sol del desierto, que me hiere como
los sufrimientos de Lawrence de Arabia, quien
accedió a la pureza. Porque la experiencia fue
limpia. Estoy hablando de una poesía ascética.
Del éxtasis ante una manera del vacío: la gran
transparencia. La página en blanco se ha
desvanecido. No tener más. Darle menos. Y
transitas hacia otra dimensión. Vale enfatizar
que no se trata de un acto intelectual. La
experiencia es, en sustancia, física”.
“En la altitud aquella, al
lado de mi caballo, las facultades mentales se
ponen en acción, definen, condensan y hacen una
lectura en ese espacio geométrico. La vivencia
no tiene nada que ver con la intelección. La
frase de Buda “Lo efímero permanece” refiere la
esencia de ese encuentro: tras lo real se
encuentra lo real, en todo caso. Para el
budista, lo importante es acceder al mayor grado
de conciencia, de lo real. Por todo ello, puedo
atestiguar que viví realmente las anécdotas, las
historias, las fábulas de mis libros --algunos
publicados en la gran editorial francesa
Gallimard--. El cuerpo, lo físico, es clave en
tal percepción. Si a esto te place llamarlo, sin
vergüenza, cuarta dimensión, hazlo.”
Le pregunto que si ha
formado parte de los ritos. “No, he participado
en muchos rituales, pero como voyeur. La visión
es mi visión, recargada en la experiencia
mística. Esto se opone a lo sistemático, deja
sin preguntas al cartesianismo. En cuanto al
hinduismo, la realidad es una ilusión; se
abrigan con fuerza a la religiosidad. El budista
busca la experiencia mística, como en San Juan
de la Cruz. Y no pueden eludir transitar por el
castigo, la prueba, el dolor, para ser visitados
por Dios. Los verdaderos oráculos, y más los que
se encuentran en las alturas, entienden que este
privilegio se da a través del sufrimiento”. --Y
¿qué persiguen en el éxtasis, en los trances?,
le digo--: “Para el budismo hay un doble
movimiento: el despertar es equivalente a la
intensificación de la conciencia, de la
claridad; ‘de la realidad más real’, por decirlo
así. No hay oposición, sino unidad de los
diferentes, o ‘la unidad de los contrarios’.
Debido a ello, habitan la misma zona donde moran
las malignidades, las cuales ya están cerca de
los seis mil metros de altura y más allá. No se
va de la claridad a la oscuridad, como en
Occidente, donde la conformación del
inconsciente instala una opacidad casi
inaccesible. La atención puesta en tal oscuridad
trae situaciones conflictivas, esquemáticas. Es
difícil pensar, por ejemplo, el canto de un
pensamiento. En Oriente, no se podría imaginar
ser artista y no filósofo. No hay acción pura,
vaya, ni en la física cuántica. Hay un profundo
temor a la unidad de los opuestos.”
“Sé que, por la
forma, lo que he dicho es simplista, pero apunta
hacia ciertos tópicos de Oriente-Occidente. En
una imagen sencilla, supongo la alta montaña, a
un lado el sol y del otro la luna”.
Le comento que
sus palabras podrían implicar una ruptura con
sus raíces occidentales. “Tampoco, porque me
sitúo en el lado oscuro y en el luminoso de la
montaña a un tiempo, como lo hiciera nuestro
gran poeta Henri Michaux. Vivo en el conflicto y
en la claridad. Me digo que no hay que
enraizarse, ni cantar a lo otro”.
Le pregunto sobre su
especial pretensión y André responde: “Lo que
más deseo es vivir sobre la línea del horizonte.
Y esto es tangible. En el punto más alto de la
Tierra me tiendo, bocarriba. El Techo del Mundo,
que no cubre nada, se abre al cielo en otra luz.
Estoy en el horizonte”.
Se toma las rodillas, mira
hacia los ventanales del mediodía. Continúa:
“Como las bondades más sensibles me vienen del
cuerpo, practico el arco y el karate; me
acentúan la experiencia física. Pero son
disciplinas de honor, de preservación: ante el
disparo de la flecha, el blanco eres tú mismo;
en el karate, te vences. Ambas artes hacen
intensa la realidad de ‘estar presente’ en la
horizontalidad. El sentido de la ascensión, la
vertical, lo obtienes en la montaña. He escrito
en mis libros la experiencia interior de estas
prácticas, en especial el de la ascensión al
Techo del Mundo”.